12 feb 2007

PASEO DE OLLA A NUEVA YORK

La pasión me había abandonado otra vez, necesitaba pintar, pero los gritos de mi papá lo único que hacían era hacerme sentir más miserable, impotente y triste. Salí a la calle con un lienzo entre las manos y la cajita en donde guardo mis pinceles y pinturas. El paseo de olla a Nueva York al que me invitó Ramón, el conductor del bus que me llevaba a la Universidad, parecía ser la única salida a ese universo vacío en el que me sumergía la vida.

Ramón, como siempre, me recogió con una gran sonrisa; él era de las pocas personas que resistía. Me senté atrás como siempre, contra una ventana. Poco a poco me fui calmando, no suelo fijarme en nada ni en nadie, pero me llamaba la atención la única persona que estaba conmigo en el bus. Sus facciones eran suaves, tenía un corte extraño y aunque parecía ser mayor, su rostro no evidenciaba los años.

La mujer no apartaba la mirada de la ventana y no dejaba de hablar. Los susurros fueron desapareciendo mientras subía la voz. Contaba la historia de una tortuga o conejo que tenía un placer muy particular: cuando estaba aburrido le gustaba atravesarse en medio de las calles con más tráfico, esconderse en su caparazón y disfrutar cuando los carros le pasan por encima. En aquel mismo escenario un guerrero llamado Stavros también entró en escena para intensificar la historia.

Eso que ella decía ver me inspiraba, era completamente mágica la forma como se desplegaba en sus narraciones. Empecé a dibujar en mi lienzo con la mayor cantidad de detalles y claridad. Su relato me permitía precisar detalles de sus cuerpos y gestos; era como si realmente los estuviera viendo. Ramón por su parte, también la escuchaba con atención, pero sus palabras le parecían ridículas y se escapaban de los alcances de su escasa imaginación.

De repente algo extraño sucedió. Justo en el momento en que ella hablaba de cuánto Eric disfrutaba que los carros pasaran sobre su caparazón, Ramón clavó los frenos y sentimos que las llantas derechas pasaron sobre algo. Con mucho temor decidí mirar hacia atrás y me sorprendió ver un caparazón girando sin parar. Más extraño aún, fue cuando de un momento a otro apareció un terrible guerrero quien con cierta compasión recogió al animalito del suelo y se subió en el bus.

Ramón y yo quedamos atónitos, y después de unos segundos escuchamos a la mujer que seguía narrando la historia, que curiosamente coincidía con lo que nuestros ojos veían. Ella, jamás miró hacia atrás ni hacía adelante; permanecía sentada en su puesto, mirando por la ventana. Yo miré hacia adelante con la certeza de que no era un juego de mi mente y… (Continuará).

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